El mundo desde el primer banco de la plaza Estoy sentada acá de nuevo. Es una tarde de domingo, el circo está dando función. La música cirquera se escucha nítidamente y unos niños la aprovechan para jugar a ser payasos. A pesar de que los sonidos provienen del frente, en verdad parecen estar reproduciéndose para ellos. Él percibe muy rápido la oportunidad de hacer algo con esto. Comienza a hacer bufonadas sin dudarlo ni un segundo. Casi indeliberadamente se apropia de la canción y se transforma en un flamante malabarista. Instintivamente ella se acopla y deleita con demostraciones en bici a un público que no existe. Como nadie los está mirando, complacer a otros no parece ser el objetivo de su conducta. En realidad, les digo, no tiene ninguno. Ellos no aparentan preocuparse porque sus destrezas y ademanes sirvan para algo. De hecho no sirven para nada y lo saben, pero continúan haciéndolos. Es una decisión. Admiro semejante acto de valentía. Su show no puede no resultarnos inesperado p...
Entradas
Mostrando las entradas de julio, 2021
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
Escribí este texto el día de mi cumpleaños. Hoy es mi cumpleaños y no sé qué celebrar. Obviamente lo primero que se me viene a la cabeza es si festejarlo representa un sometimiento. No me soporto a veces. ¿Es la celebración del nacimiento un dispositivo que me encaja dentro de un sistema que me necesita célebre de la vida? Seguramente sí. Pero aunque quisiera celebrar algo, la verdad es que no sé qué. Supongamos que celebre un año más de vida y que esta fecha sea excusa para festejar haber nacido. El concepto no me cierra demasiado pero trato. Me dispongo entonces a repasar todos los acontecimientos de mi vida en pos de festejarlos. En ese ejercicio me doy cuenta que no viví nada. Mejor dicho, que viví bastante, pero que casi todo eso es insignificante. Hacer memoria para atrás es inaguantable. Por lo tanto, paro. Sigo intentando seguir el ímpetu masivo por conmemorar este día. Ahora voy a celebrar que tengo un año menos de vida. Cumplir veintiuno es la hazaña de haber podido agua...
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
Hace un tiempo que disfruto mucho una sensación en particular. Hablo de aquella que empecé a experimentar después de los días de tedio existencial. Esos que están llenos de momentos de agitación por tratar de encontrar alguna línea recta y seguirla. Cuando la incertidumbre se vuelve problema y el miedo es tan grande que la única opción que queda es ir yendo al compás de los que nos enseñan el ritmo, a quienes también se lo enseñaron y en un acto de fusión con el entorno encontraron un poco de tranquilidad. Los días que transcurrimos casi sin aviso. Sin reparo, sin pausa, sin pregunta, sin. Sin nosotros que dejamos nuestra esencia para volvernos una máquina cuyos aspectos más valorables son la eficiencia y la inmediatez. Digo esto porque me niego a creer que esa es nuestra naturaleza. De eso voy a hablar. Resulta que esos días en los que todo parece estar saliendo bien me dejan un sabor muy amargo. En contra de todo pronóstico, encuentro más humanidad en los lugares reservados para su o...
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
Si hay algo que nos caracteriza como especie es el intento constante de racionalizarlo todo. Es por eso que para hacer de esto algo más llevadero nos inventamos metas. Yo no soy la excepción. Mi vida está motorizada por un objetivo: liberarme todo el tiempo. Me encuentro incesantemente analizando todas las cosas en búsqueda de posibles lugares de sujeción. Mis días se miden con una regla cuyas unidades son milímetros de autonomía y en el instante que percibo un apretón desespero y me voy. Pero sostener una vida en constante tensión es agotador. Correr todo el tiempo es física y mentalmente imposible y a veces no hago otra cosa que desear que alguien o algo me frene y me contenga. Ahora sí que me apriete. Que me apriete bien fuerte y me prometa un lugar seguro. Es la única dualidad infranqueable: las olas existen porque existe el mar calmo. Y en mi vida es igual. Pero la euforia del maremoto me está ahogando y la calma se está volviendo muy necesaria. Pido. Por favor, pido. En ese momen...
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
Imagínate lo peor que te podría pasar estando vivo. Ahora tratá de hacer como si sobre vos no hubiera ninguna influencia salvo tu voluntad. No existe nada ni nadie con el poder de intervenir sobre tus decisiones. Te pregunto, ¿elegirías seguir viviendo? La respuesta intuitiva es sí, tengo que seguir, no me queda otra. Eso me enoja. ¿Por qué no se puede elegir otro camino? Me repugna el deber de aceptar hasta la peor de las adversidades. Mi miedo más grande no es morir. Es vivir mal. Tener que continuar con el sufrimiento, no, acabarlo. A la dolencia inherente a la vida hay que sumarle la imposibilidad de terminar intencionalmente con ella. La obligación de permanecer y encima, felizmente. No entiendo. Lo único que hace la premisa que convierte a esto en un pasaje es condenarnos. Es todo lo que tenemos y ¿debemos conformarnos con la garantía de que algo mejor viene después? ¿Cuándo? Porque cuando estemos muertos vamos a estar muertos. La muerte es cuando ya no somos. El ...