El mundo desde el primer banco de la plaza

Estoy sentada acá de nuevo. Es una tarde de domingo, el circo está dando función. La música cirquera se escucha nítidamente y unos niños la aprovechan para jugar a ser payasos. A pesar de que los sonidos provienen del frente, en verdad parecen estar reproduciéndose para ellos. Él percibe muy rápido la oportunidad de hacer algo con esto. Comienza a hacer bufonadas sin dudarlo ni un segundo. Casi indeliberadamente se apropia de la canción y se transforma en un flamante malabarista. Instintivamente ella se acopla y deleita con demostraciones en bici a un público que no existe. Como nadie los está mirando, complacer a otros no parece ser el objetivo de su conducta. En realidad, les digo, no tiene ninguno. Ellos no aparentan preocuparse porque sus destrezas y ademanes sirvan para algo. De hecho no sirven para nada y lo saben, pero continúan haciéndolos. Es una decisión. Admiro semejante acto de valentía. Su show no puede no resultarnos inesperado porque irrumpe en nuestra cotidianidad que nunca cesa de atarearse. Por eso quedamos estupefactos frente a una acción absurda. Llama la atención que nadie esté prestando ojo a tal contradicción. ¿Cómo puede un acto tan disruptivo pasar desapercibido? Es que además de precipitado, el show es inútil. No levanta la perdiz porque lo irracional del juego no es digno de curiosidad en un mundo que lo aborrece. Pero lejos de quedar rogando algún tipo de significación que le dé existencia y final, este acto tiene sentido propio. El jugar a los payasos es un fin en sí mismo y por eso es independiente del resto de significantes que se conjugan en un ordenamiento del todo que le -y nos- quita cualquier esbozo de singularidad. Amigues, lo inefable del juego es lo más preciado y bello que tenemos. Sucede que su práctica logra burlar a una economía del sentido que almacena todas las cosas para hacerlas funcionar de modo que obedezcan a los significantes superiores. Y a estos últimos le debemos las más grandes penas. Son las nociones compartidas que tuvimos que incorporar para comprender la realidad, que no han hecho otra cosa que restringir nuestra percepción de la misma al punto de olvidar nuestros mejores sueños y placeres. Lo maravilloso de estos niños es que consiguen poner todo esto en pausa por unos instantes. ¿Cómo? Sin más palabrerío, lo que hay en su conducta: la realización de un deseo puro que bajo el velo del juego consigue desplegar su sentido más originario. Me voy a casa. Llevo conmigo el júbilo en el rostro de estos payasos de la vida.

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