A la pregunta respecto de qué conforma mi ser me sale con mucha facilidad contestarla aludiendo a las influencias que tuvo. Sin duda es un refugio al que acudo cuando me enfrento al peor yo, para aliviar el peso de lo que no me gusta de mí adjudicándole la razón de su existencia a los demás. Tengo la forma de mis papás. Tengo la forma de todo lo que hicieron conmigo e hicieron de mí. De las expectativas que me pusieron, de las virtudes que me otorgaron y de los errores que me sancionaron. Tengo la forma de todos los deseos que mi mamá pidió en mi nombre. Tengo la forma de su voz y de los imperativos que siempre escuché, prohibiciones y anhelos. Lo recuerdo bien (no sucedió hace tanto tiempo): cualesquiera fueran las palabras que mi mamá emitiera, lo cierto es que el ordenamiento de las mismas se establecía para mí en una secuencia que no admitía objeción alguna. Ellas siempre me hablaron de mundos soñados y perfectos. Lo que admiro, lo que me gusta, lo que detesto y lo que deseo: todo ello tiene la forma de estos universos. Tengo la forma de los amigos que tengo y los que tuve. Tengo la forma de los cuentos que me leyeron de chiquita. De los programas de televisión que miraba en compañía de mi hermano todos los días antes de la escuela. De los juegos que jugábamos en el patio y de las -muchas- veces que peleábamos. También tengo la forma de mis compañeros, de mis maestros y de andá a saber cuántos médicos. Estos últimos parecieron estar siempre muy pendientes de la cuestión de mi ser y me fueron regalando a lo largo de mi vida el peso de varios calificativos que hasta el día de hoy padezco. Tengo la forma de los regalos que mi papá sugiere darme para navidad. Tengo la forma de lo que él espera de mí. O de lo que creo que espera de mí. A esto quería llegar: tomé varios caminos para descubrir mi lugar en este desorden que me aqueja. Hace tiempo creí que la solución era sepultar y dejar atrás. Escaparme de esta forma para armar, yo sola, una nueva. Qué ingenua. Hoy día no puedo evitar sentir que esta forma me pertenece. Quizás sea verdad. Vivo como si lo fuera y si escucho detenidamente lo que yo misma me pido para estar mejor cuando estoy mal, el bienestar se parece mucho a amigarme con esta parte de mí que ahora reconozco. Y debo decir, y este texto es un intento por permitírmelo, que esa forma también me gusta. El otro día hice el ejercicio de pensar que cosas me definían y muchas de las que me salieron tienen que ver con todo esto que en tiempos pasados me aferré a considerar ajeno. No todo y acá la esperanza, pero mucho. ¿Por qué? Hoy lo entiendo: no puedo dejar de ser todo eso que hicieron de mí. Ese no es el camino hacia la liberación. Me di cuenta que la libertad no se alcanza escapando, sino constantemente ejercitando la manera de estar cada vez un poco más en paz con todo lo que somos.
Hay días en los que mi existencia me pesa. Más bien el que mi esencia dependa de mi existencia me pesa. Hoy es uno de esos días. No puedo no sentir que lo que hago es siempre insuficiente y que todo el tiempo podría estar haciendo más y mejor. Tiendo a pensar que ello se debe al calendario que inventamos para perseguirnos y que en tiempos festivos me acosa, pero considerando la persistencia del sentimiento quizás es que directamente me sale así. Que soy así. No quiero creer que algo de lo que soy pueda llegar a hacerme mal. Por el contrario, confío ciegamente en que lo que siento siempre va a llevarme por buen camino y es así que cuando esta impresión me desborda, la escucho. Lo que encuentro cuando le pongo atención es una angustia frente a la posibilidad de elegir. Algo como una tristeza que es un residuo de la carencia de valores o principios que me orienten en la indeterminación de la vida y me digan: vas bien Ari, es por ahí. Lo que me angustia es haber venido al mundo condenada a...
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