Hay días en los que mi existencia me pesa. Más bien el que mi esencia dependa de mi existencia me pesa. Hoy es uno de esos días. No puedo no sentir que lo que hago es siempre insuficiente y que todo el tiempo podría estar haciendo más y mejor. Tiendo a pensar que ello se debe al calendario que inventamos para perseguirnos y que en tiempos festivos me acosa, pero considerando la persistencia del sentimiento quizás es que directamente me sale así. Que soy así. No quiero creer que algo de lo que soy pueda llegar a hacerme mal. Por el contrario, confío ciegamente en que lo que siento siempre va a llevarme por buen camino y es así que cuando esta impresión me desborda, la escucho. Lo que encuentro cuando le pongo atención es una angustia frente a la posibilidad de elegir. Algo como una tristeza que es un residuo de la carencia de valores o principios que me orienten en la indeterminación de la vida y me digan: vas bien Ari, es por ahí. Lo que me angustia es haber venido al mundo condenada a elegir hasta el más mínimo movimiento que voy a hacer mientras permanezca en él. Porque tengo miedo de estar eligiendo mal. Me entristece creer que lo que estoy haciendo puede no estar constituyendo una esencia que me guste. Para salvarme suelo pensar que mis posibilidades de elección en verdad son muy pocas y si bien creo que esto es en parte cierto, nunca me permito descansar al respecto. Saber que solo lo que hago es lo que me constituye en lo que soy me molesta porque tengo escrita una lista interminable de deseos para mí. Y me sucede que no quiero desterrar a esa gigante que anhelo ser por amoldarme a la pequeñez de mi cotidiano. El día que me olvide de la gigante es el día en que vivir dejará de tener sentido. Podría decirse entonces que lo que me aflige en fin es saber que la vida no es más que la materialidad de las cosas que hacemos con ella. Es por eso que la única solución que encuentro en días como hoy es creer en algunx Dios que me permita seguir imaginándome a esa Ariana y que me dé la tranquilidad de saber que sigue existiendo incluso cuando yo no le hago justicia. Así logro que haya un lugar fuera de aquí donde conservarla hasta que (ojalá) yo consiga parecerme en la realidad un poco a ella.
Después de sucedido aquello que mi madre y mi padre, o quizás todas las madres y todos los padres del mundo, hubieran catalogado como una mala noticia, me dirigí sin avisarles hacia casa. Tomé el camino más largo, que no suelo tomar. El miedo a que sus opiniones tomaran una existencia real más allá de la que siempre perturba mi cabeza, me hizo desviarme varias veces. Pensé de antemano que este intento de escapatoria estaba destinado al fracaso puesto que yo siempre odié la ciudad. A su veloz actividad nada le importaba que yo no quisiera oír a mis padres dado que igualmente todos los ciudadanos que se movían a mi alrededor parecían, con sus imparables y obstinados movimientos, dictarme sentencia cada minuto. Cuando yo no tenía la edad suficiente para entender el propósito de los actos humanos, el comportamiento de los adultos me resultaba del todo extraño. Aún recuerdo mi confusión (que guardaba tristeza), el día en que mi padre hubo de cancelar nuestro viaje en coche al planetario en ...
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