La pregunta que presentamos al Otro es sencilla e incontestable: «¿quién eres?». La respuesta violenta es aquella que no inquiere y no trata de conocer. Quiere reforzar lo que sabe, expurgar lo que lo amenaza con no saber, lo que la fuerza a reconsiderar las presuposiciones de su mundo, su contingencia, su maleabilidad. La respuesta no violenta vive con su desconocimiento del Otro frente al Otro, ya que mantener el vínculo que plantea la pregunta resulta en último término más valioso que conocer de antemano lo que tenemos en común, como si ya tuviéramos todos los recursos que necesitamos para saber qué define al humano y cuál puede ser su vida futura. Judith Butler (2004). Deshacer el género p. 60
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(…) “si acaso alguien me amara, yo desearía que sin ningún tipo de prejuicios él dijera: “mi compañera es una travesti”. Quisiera, con toda mi alma, que ese revolucionario fuera capaz de sentir y gritar a los cuatro vientos: amo a una travesti y se llama Lohana Berkins”. Lohana Berkins. Activista travesti pionera en la lucha por la identidad de género. Fragmento de la extensa entrevista publicada en el libro “Ardiente y Pasional. Dolores y rebeldías de la Argentinamisma” realizado por Castelnovo (Ediciones Desde la Gente/2004).
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Después de sucedido aquello que mi madre y mi padre, o quizás todas las madres y todos los padres del mundo, hubieran catalogado como una mala noticia, me dirigí sin avisarles hacia casa. Tomé el camino más largo, que no suelo tomar. El miedo a que sus opiniones tomaran una existencia real más allá de la que siempre perturba mi cabeza, me hizo desviarme varias veces. Pensé de antemano que este intento de escapatoria estaba destinado al fracaso puesto que yo siempre odié la ciudad. A su veloz actividad nada le importaba que yo no quisiera oír a mis padres dado que igualmente todos los ciudadanos que se movían a mi alrededor parecían, con sus imparables y obstinados movimientos, dictarme sentencia cada minuto. Cuando yo no tenía la edad suficiente para entender el propósito de los actos humanos, el comportamiento de los adultos me resultaba del todo extraño. Aún recuerdo mi confusión (que guardaba tristeza), el día en que mi padre hubo de cancelar nuestro viaje en coche al planetario en ...
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Hay días en los que mi existencia me pesa. Más bien el que mi esencia dependa de mi existencia me pesa. Hoy es uno de esos días. No puedo no sentir que lo que hago es siempre insuficiente y que todo el tiempo podría estar haciendo más y mejor. Tiendo a pensar que ello se debe al calendario que inventamos para perseguirnos y que en tiempos festivos me acosa, pero considerando la persistencia del sentimiento quizás es que directamente me sale así. Que soy así. No quiero creer que algo de lo que soy pueda llegar a hacerme mal. Por el contrario, confío ciegamente en que lo que siento siempre va a llevarme por buen camino y es así que cuando esta impresión me desborda, la escucho. Lo que encuentro cuando le pongo atención es una angustia frente a la posibilidad de elegir. Algo como una tristeza que es un residuo de la carencia de valores o principios que me orienten en la indeterminación de la vida y me digan: vas bien Ari, es por ahí. Lo que me angustia es haber venido al mundo condenada a...
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A la pregunta respecto de qué conforma mi ser me sale con mucha facilidad contestarla aludiendo a las influencias que tuvo. Sin duda es un refugio al que acudo cuando me enfrento al peor yo, para aliviar el peso de lo que no me gusta de mí adjudicándole la razón de su existencia a los demás. Tengo la forma de mis papás. Tengo la forma de todo lo que hicieron conmigo e hicieron de mí. De las expectativas que me pusieron, de las virtudes que me otorgaron y de los errores que me sancionaron. Tengo la forma de todos los deseos que mi mamá pidió en mi nombre. Tengo la forma de su voz y de los imperativos que siempre escuché, prohibiciones y anhelos. Lo recuerdo bien (no sucedió hace tanto tiempo): cualesquiera fueran las palabras que mi mamá emitiera, lo cierto es que el ordenamiento de las mismas se establecía para mí en una secuencia que no admitía objeción alguna. Ellas siempre me hablaron de mundos soñados y perfectos. Lo que admiro, lo que me gusta, lo que detesto y lo que deseo: t...
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El texto es viejo pero hoy es domingo y el sentimiento prevalece. La respuesta a la pregunta del porqué del bajón es simple: si parar angustia es porque estamos acostumbrados a la marcha. Una marcha rápida, constante y lineal. Y nosotros, soldados retenidos en el ejército de la vida. Ser parte de un ejército es, por definición, estar encerrado. Repitiendo una y otra vez las mismas rutinas de ejercicio en un acto casi religioso. Esperando que ello dé algún resultado en el futuro. La jornada se vuelve un tedio, una preparación infinita para cuando llegue la hora de dar la batalla final. Y así vivimos. Deseando una única cosa, que los días se pasen rápido. Que la batalla llegue pronto y que la vida se apure. Y cuando no lo hace, el día que la vida deja de correr, nos angustiamos. Es que después de un tiempo de reclutado, el soldado se olvida que no fue hecho para marchar. Y la batalla se le viene encima. Todo lo que había practicado ahora es inútil. Está ahí, en combate. Eso para lo que h...
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Me encuentro en la paradoja de que cuando busco un refugio que me disperse de mi cotidianidad tiendo siempre a escapar al lugar que con mayor frecuencia habito: yo misma. Es que dentro de mí es donde hallo la mayor cantidad y variedad de respuestas posibles a las tormentas que me aquejan. Basta con unos momentos de pausa y reflexión para entender entonces que su origen no está en mi interior sino afuera, en el exterior. En ese momento es cuando la cotidianidad deja de ser mía y comienza a pertenecer a los otros que la ocasionaron, dando lugar a entender que las molestias que la misma engendra en mí tampoco me conciernen debido a que allí en realidad siempre estuvo la verdad. O por lo menos una de las tantas que evidentemente es la que más me importa porque a partir de ella se construyen las demás y es afirmar que yo misma soy dueña de mi propio destino con cautela de no sucumbir a la tentación del libre albedrío en el más ignorante y difundido de los sentidos que ha adoptado. De creer ...