Me encuentro en la paradoja de que cuando busco un refugio que me disperse de mi cotidianidad tiendo siempre a escapar al lugar que con mayor frecuencia habito: yo misma. Es que dentro de mí es donde hallo la mayor cantidad y variedad de respuestas posibles a las tormentas que me aquejan. Basta con unos momentos de pausa y reflexión para entender entonces que su origen no está en mi interior sino afuera, en el exterior. En ese momento es cuando la cotidianidad deja de ser mía y comienza a pertenecer a los otros que la ocasionaron, dando lugar a entender que las molestias que la misma engendra en mí tampoco me conciernen debido a que allí en realidad siempre estuvo la verdad. O por lo menos una de las tantas que evidentemente es la que más me importa porque a partir de ella se construyen las demás y es afirmar que yo misma soy dueña de mi propio destino con cautela de no sucumbir a la tentación del libre albedrío en el más ignorante y difundido de los sentidos que ha adoptado. De creer que todo en cuanto deseable es posible y que los límites de la subjetividad son meramente una invención suya, una ilusión. Adoptar una actitud así es absurdo y dañino. En el medio de la tempestad lo que encuentro en mi interior no es tamaña seguridad sino por el contrario, una pequeña pulsión. Una pulsión es una cosa que se define por su carácter incompleto y por la incesante búsqueda de su opuesto. Algo que existe porque se sabe débil desde el inicio y que justamente por ello pugna para que eso sea distinto. Y para hacerlo es necesario en primer lugar aceptar los condicionamientos que nos y me atraviesan y por eso lo que me despierta todos los días no es el saberme capaz de cambiar la realidad, porque de no dudar de ser alguien que puede hacerlo no habría necesidad de desearlo. Antes bien, lo que me levanta de la cama es el hecho de entenderme ante todo sujeta y una suerte de necesidad permanente de encontrar maneras de salirme aunque sea un poco de ese lugar endeble y de hacerlo algo mejor para alguien más también. No sé, quizás estoy hablando ahora desde la posición que critiqué más arriba y termino yo misma siendo víctima del fetichismo de pensar que todo lo puedo. No tengo más que perdonarme por la ambición porque soy humana y porque creo fervientemente que si dejamos de soñar ya no nos queda nada.
Hay días en los que mi existencia me pesa. Más bien el que mi esencia dependa de mi existencia me pesa. Hoy es uno de esos días. No puedo no sentir que lo que hago es siempre insuficiente y que todo el tiempo podría estar haciendo más y mejor. Tiendo a pensar que ello se debe al calendario que inventamos para perseguirnos y que en tiempos festivos me acosa, pero considerando la persistencia del sentimiento quizás es que directamente me sale así. Que soy así. No quiero creer que algo de lo que soy pueda llegar a hacerme mal. Por el contrario, confío ciegamente en que lo que siento siempre va a llevarme por buen camino y es así que cuando esta impresión me desborda, la escucho. Lo que encuentro cuando le pongo atención es una angustia frente a la posibilidad de elegir. Algo como una tristeza que es un residuo de la carencia de valores o principios que me orienten en la indeterminación de la vida y me digan: vas bien Ari, es por ahí. Lo que me angustia es haber venido al mundo condenada a...
Comentarios
Publicar un comentario