Después de sucedido aquello que mi madre y mi padre, o quizás todas las madres y todos los padres del mundo, hubieran catalogado como una mala noticia, me dirigí sin avisarles hacia casa. Tomé el camino más largo, que no suelo tomar. El miedo a que sus opiniones tomaran una existencia real más allá de la que siempre perturba mi cabeza, me hizo desviarme varias veces. Pensé de antemano que este intento de escapatoria estaba destinado al fracaso puesto que yo siempre odié la ciudad. A su veloz actividad nada le importaba que yo no quisiera oír a mis padres dado que igualmente todos los ciudadanos que se movían a mi alrededor parecían, con sus imparables y obstinados movimientos, dictarme sentencia cada minuto. Cuando yo no tenía la edad suficiente para entender el propósito de los actos humanos, el comportamiento de los adultos me resultaba del todo extraño. Aún recuerdo mi confusión (que guardaba tristeza), el día en que mi padre hubo de cancelar nuestro viaje en coche al planetario en virtud de “tener que tragarse el sapo” en una situación de la que no retuve ningún dato aparte de su urgencia. Creo que ese fue el último intento de hacer algo juntos que tuvimos. Desde allí nuestro vínculo empezó a desenvolverse sobre algunas pocas horas que le quedaban a la noche luego de que volviese de la oficina y, como es lógico, a desaparecer. Hoy lo veo reflejado en esos rostros idénticos entre sí que me cruzo al caminar. Rostros que no me miran a los ojos ni más allá de ellos, rostros que tienen asuntos mucho más importantes que atender además de mí, rostros que no me preguntan cómo estoy. Rostros de cuyas no miradas alienantes no estoy pudiendo librarme ni en este recorrido diferente y que, fulminándome desde una avenida demasiado transitada, comienzan a abrumarme. Quiero salir de ahí.
De
casualidad o por destino, advierto un pequeño comercio doblando la esquina. A juzgar
por la vieja fachada y los carteles que publicitan el negocio, entro con la
intención de que una amable señora mayor con todos sus afectos perdidos
producto de los años, me atienda con ganas de establecer un cálido contacto
conmigo. Imaginé que quizás con ella podría hablar de lo ocurrido, y me
comprendería. Cuando ingresé, me sorprendí al ver que allí no había nadie. Decido
pasear un poco por el lugar, esperando que quien se estaba ausentando llegue
pasado un tiempo. Lo recuerdo muy bien. Estaba lleno de cosas que a primera
vista juzgué antiguas porque las desconocía por completo. No sabría decir si se
trataba exactamente de un lugar comercial, puesto que las cosas se encontraban
dispersas en varias repisas sin ningún orden aparente. Estaban sucias,
oxidadas, olvidadas. Su carácter sombrío y opaco en apariencia terminó por
aburrirme y dado que no parecía que alguien fuese a venir pronto, decidí
marcharme. En mi camino hacia la puerta, mientras me resignaba a dirigirme
hacia casa y a tolerar las consecuencias que trae accionar desde la pasión, una
de las cosas llamó mi atención y me obligó a parar. O decidí parar. Esta es la
parte del relato en la que se vuelve difícil diferenciar entre fantasía y realidad.
Lo que vi cuando giré mi cabeza hacia la estantería en cuestión era un objeto
extraño. Un trozo de metal barato y pequeño con forma no delimitada y color
casi indistinguible, negruzco por el paso del tiempo. Si se lo miraba
minuciosamente, podían observársele unos intentos de inscripciones acuñadas,
que me dieron la impresión de que aquello se trataba de una moneda que había
terminado ahí por haber sufrido deformidades en su proceso de construcción.
Estas características puedo atribuírselas hoy después de haber analizado mi
recuerdo con detalle, pero en ese momento la curiosidad que sentí fue tan
grande que no me detuve ni un segundo a imaginarle definiciones. Apenas me
volteé, lo tomé en mis manos y acto seguido lo arrojé al suelo impulsivamente
con una fuerza que provino de no sé dónde. Sentí que aquello era valioso; sentí
que no debía intervenirlo de ninguna manera. Entonces me senté en el piso, a su
lado, y me limité a contemplarlo. A ello le siguió una especie de período de
suspensión. Mi conciencia quedó, por un intervalo de tiempo al que no podría
asignarle valor cronológico, vaciada. Se sintió como si me liberase de un peso
que no sabía que cargaba. Este despojamiento me dejó en un estado de profunda
vulnerabilidad. Me volví permeable al mundo; todas sus cosas me afectaron, en
ese instante, íntimamente. Me sentí como se siente un pájaro migrando en
búsqueda de un hogar nuevo, una piedra de dos mil quinientos años y una niña
corriendo a merendar a casa después de haber jugado toda la tarde con su vecina, al mismo tiempo. Los ruidos dispuestos en mi cabeza por la ciudad y los que aún
podía percibir como exteriores se callaron. Un inmenso silencio me abrigó y me elevó. Mi oído se dispuso a escuchar selectivamente. El
enmudecimiento de mis voces interiores y de mis prejuicios me habilitó una
forma nueva e intensa de atención. Y una vez quitado el velo que lo recubría,
oí, por primera vez, el eco de mí misma.
Cuando
salí de ahí, con eso en la cabeza, o, más bien, en el corazón, no hubo más
remedio: tuve que cambiar.
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