El texto es viejo pero hoy es domingo y el sentimiento prevalece.

La respuesta a la pregunta del porqué del bajón es simple: si parar angustia es porque estamos acostumbrados a la marcha. Una marcha rápida, constante y lineal. Y nosotros, soldados retenidos en el ejército de la vida. Ser parte de un ejército es, por definición, estar encerrado. Repitiendo una y otra vez las mismas rutinas de ejercicio en un acto casi religioso. Esperando que ello dé algún resultado en el futuro. La jornada se vuelve un tedio, una preparación infinita para cuando llegue la hora de dar la batalla final. Y así vivimos. Deseando una única cosa, que los días se pasen rápido. Que la batalla llegue pronto y que la vida se apure. Y cuando no lo hace, el día que la vida deja de correr, nos angustiamos. Es que después de un tiempo de reclutado, el soldado se olvida que no fue hecho para marchar. Y la batalla se le viene encima. Todo lo que había practicado ahora es inútil. Está ahí, en combate. Eso para lo que había estado entrenando tanto tiempo ya llegó. Y no es lo que esperaba. No puede aplicar nada de lo aprendido y pierde. El soldado pierde la batalla para la cual se preparó toda su vida. No tiene sentido. Si no puede ganarla, su causa se disuelve. Ya no es más un soldado. Es libre. Tiene la oportunidad de hacer lo que quiera. De romper con el fastidio de ser un autómata. Es así que al día siguiente de haber sido abatido, se levanta temprano en la mañana y se alista en la fila para dar el primer ¡Sí, señor! de la semana.

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