Escribí este texto el día de mi cumpleaños.
Hoy es mi cumpleaños y no sé qué celebrar. Obviamente lo primero que se me viene a la cabeza es si festejarlo representa un sometimiento. No me soporto a veces. ¿Es la celebración del nacimiento un dispositivo que me encaja dentro de un sistema que me necesita célebre de la vida? Seguramente sí. Pero aunque quisiera celebrar algo, la verdad es que no sé qué. Supongamos que celebre un año más de vida y que esta fecha sea excusa para festejar haber nacido. El concepto no me cierra demasiado pero trato. Me dispongo entonces a repasar todos los acontecimientos de mi vida en pos de festejarlos. En ese ejercicio me doy cuenta que no viví nada. Mejor dicho, que viví bastante, pero que casi todo eso es insignificante. Hacer memoria para atrás es inaguantable. Por lo tanto, paro. Sigo intentando seguir el ímpetu masivo por conmemorar este día. Ahora voy a celebrar que tengo un año menos de vida. Cumplir veintiuno es la hazaña de haber podido aguantar todos esos años acá, en la Tierra. Debería festejar el hecho de estar un poco más cerca de la muerte. Pero no estoy lista para morir. No hice ni la mitad de lo que quiero hacer con mi vida antes de sentarme a esperar a la muerte. De mi lista de cosas para hacer antes de morir no taché prácticamente nada. Por eso odio mi cumpleaños. Porque es un recordatorio de que todo lo que viví en realidad es muy poco en comparación con lo que quiero vivir y lo peor, que el tiempo pasa. Y que no puedo hacer nada para evitarlo. Mientras me siento estancada. Condenada a vivir una vida que a veces parece estar al funcionamiento de otros que no son yo. Nótese allí mi intento de no darlo todo por perdido. Debido a él es que detesto mi cumpleaños. Distinto sería si hiciera oídos sordos al tic tac del reloj. Pero para mí no funciona así. El inevitable paso del tiempo no me libera, me somete. Y no puedo hacer otra cosa que encontrarme en un serio problema frente a la pregunta del demonio. ¿Cómo te sentirías si tuvieras que repetir esta vida infinitas veces? Auch! Sin embargo ya dije que no me iba a rendir y a mí los demonios me gustan mucho. Sobre todo porque la gente les tiene miedo. Creo que por ahí es donde tenemos que buscar algo como la felicidad. En este caso lo aterrador viene dado por el peso de la conciencia del fatal correr de las agujas. Pero que el demonio nos señale nuestro mayor miedo no es castigo sino favor, porque abre la posibilidad de enfrentarlo. La oportunidad de hacer algo con él, de movernos, de cambiar. Y lo más importante: exige tenerla presente en todo momento. Es por eso que la pregunta no es mero recordatorio de una sumisión insalvable. El objetivo del demonio dista de ser perverso porque la pregunta es una invitación. A mí me obliga a llevar adelante una vida que debe tender siempre a su máximo aprovechamiento. Y si tener pleno conocimiento del constante acaecimiento del tiempo implica la necesidad imperiosa de hacerlo valer, probablemente el cumpleaños sea un reforzamiento anual de ese desafío y el odio hacia el mismo encuentre esperanzada justificación.
Comentarios
Publicar un comentario