Hace un tiempo que disfruto mucho una sensación en particular. Hablo de aquella que empecé a experimentar después de los días de tedio existencial. Esos que están llenos de momentos de agitación por tratar de encontrar alguna línea recta y seguirla. Cuando la incertidumbre se vuelve problema y el miedo es tan grande que la única opción que queda es ir yendo al compás de los que nos enseñan el ritmo, a quienes también se lo enseñaron y en un acto de fusión con el entorno encontraron un poco de tranquilidad. Los días que transcurrimos casi sin aviso. Sin reparo, sin pausa, sin pregunta, sin. Sin nosotros que dejamos nuestra esencia para volvernos una máquina cuyos aspectos más valorables son la eficiencia y la inmediatez. Digo esto porque me niego a creer que esa es nuestra naturaleza. De eso voy a hablar. Resulta que esos días en los que todo parece estar saliendo bien me dejan un sabor muy amargo. En contra de todo pronóstico, encuentro más humanidad en los lugares reservados para su opuesto. La sensación a la que me refiero es la que me inunda cuando una vez acabado un día muy productivo, salgo al patio. Salir al patio. ¿Por qué salir? Si salimos es porque siempre estamos en otro lado. Si la mayor parte del tiempo estamos en un lugar, allí vivimos. En casa. Patio entonces es lo opuesto a casa. ¿Cuándo el patio dejó de ser la casa? Podríamos decir que no es así. Que el patio es parte de la casa. Bueno, peor todavía. Porque construimos otra casa y metimos al patio dentro de ella. El patio ahora perdió toda su potencialidad. Ni siquiera merece el lugar de oposición en tanto nos apropiamos enteramente de él y lo volvimos parte residual de nuestra verdadera casa. ¿Por qué tenemos que hacerlo casa todo? Si afuera es donde me siento más acogida. Me pasa que siempre que salgo tengo la necesidad imperiosa de agradecer. De decir gracias por la cálida recibida del ambiente que sin casi intervenirme ingresa por mi nariz, se dirige hacia mis pulmones y me permite un respiro. Un respiro de los condicionantes que me quieren dentro de un mundo construido para mí del que no quiero hacer otra cosa que salir para meterme completa en otro, que me recibe sin condición, sin acuerdo, sin contrato. Donde no tengo que pagar garantía porque todo es regalo. ¿No creen que el hogar tiene que ver con eso? Así que últimamente no puedo hacer otra cosa que sentirme agradecida cada vez que salgo al patio. Me permito tomar una bocanada de aire gigante sabiendo que no la voy a tener que zanjar con nada, que me pertenece, que es para mí. Si pensamos así al planeta ni siquiera habría que hacer algo para cuidarlo, sino para cuidarnos. La sensación que estoy tratando de describir me hace sentir eso. Sensación, sentir, cuánta redundancia. Qué pocas palabras hay para expresar lo que se siente. Quiero dejar claro que lejos estoy de cualquier misticismo. No hablo de instancias superiores ni de figuras divinas. Al contrario. Lo que me pasa es anterior, es conexión ya perdida que tiene su maravilla en la simpleza de lo no culturalizado. Y toda deidad es cultural. Creo que la misma pregunta acerca de nuestra naturaleza me brinda algunas respuestas. Nuestra naturaleza. Algo me está queriendo decir. Acaso el usar lo originario y lo natural como sinónimos no sea sino un intento humano de no olvidar sus principios. Ojalá. Lo que sí sé es que no puedo evitar sentirme en mi hogar cuando contemplo las estrellas. Están allí en su propia causa y yo no tengo más que verlas ser. Quizás la invitación de la naturaleza hacia nosotros sea esa: no buscar nuestra propia causa sino ir siendo constantemente y limitarnos a contemplar el vernos devenir.

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