Imagínate lo peor que te podría pasar estando vivo. Ahora tratá de hacer como si sobre vos no hubiera ninguna influencia salvo tu voluntad. No existe nada ni nadie con el poder de intervenir sobre tus decisiones. Te pregunto, ¿elegirías seguir viviendo? La respuesta intuitiva es sí, tengo que seguir, no me queda otra. Eso me enoja. ¿Por qué no se puede elegir otro camino? Me repugna el deber de aceptar hasta la peor de las adversidades. Mi miedo más grande no es morir. Es vivir mal. Tener que continuar con el sufrimiento, no, acabarlo. A la dolencia inherente a la vida hay que sumarle la imposibilidad de terminar intencionalmente con ella. La obligación de permanecer y encima, felizmente. No entiendo. Lo único que hace la premisa que convierte a esto en un pasaje es condenarnos. Es todo lo que tenemos y ¿debemos conformarnos con la garantía de que algo mejor viene después? ¿Cuándo? Porque cuando estemos muertos vamos a estar muertos. La muerte es cuando ya no somos. El mandato de la felicidad sigue la misma lógica sin sentido: no importa lo que suceda, tenés que ser feliz. Pero si todo es superable y se puede ser feliz hasta en las condiciones más lamentables ¿a qué estamos llamando felicidad? Parece que nos referimos a un estado similar al de una célula primitiva. Algo que está medianamente vivo, interactuando un poco con el entorno a fines de mantenerse con vida. Casi ni se mueve, prácticamente solo respira, caga y come. ¿Qué hace a la vida de esta célula? Eso. Recibir estímulos indulgentemente y cambiar algo de su composición en concordancia con las exigencias del medio. Y hasta me atrevo a decir que inclusive ella es más auténtica que nosotros porque por lo menos es fiel a su estado natural. Nosotros no nacimos para ser felices. Nacimos para morir. ¿Y qué hacemos con eso? Lo reprimimos. O nos lo reprimen. Pero hoy estoy optimista. Supongamos que es nuestra decisión. Tapamos la angustia de la muerte y nos exigimos la felicidad. Lo que queda es una vida que se basa en una filosofía de la aceptación. En el mal sentido. Del sometimiento. Aceptar todo cuánto venga con este peaje con una sonrisa. Porque es tan sólo eso, un peaje a pagar con lágrimas que habiliten seguir hasta llegar al anhelado destino. Y sí, que otra cosa haríamos al llevar una vida como esa que desear morir. Como no caer en la metáfora del más allá. Es perfecta. Mientras el más acá sea un recorrido a caminar con la pesadez de una joroba insalvable no vamos a dejar de anhelar un más allá. Tal vez piensen que me contradigo porque al principio les hablé de la dolencia inherente a la vida. Pero no. Lo que yo quiero es reivindicar esa dolencia. Aceptación, ahora sí, en el buen sentido. Ataraxia: admitir el hecho de la muerte como constitutivo de la vida y a partir de ahí, construir. La diferencia entre una y otra está en el lugar que nos corresponde. Pasivos, conformistas y receptores o activos, inconformistas y creadores. Vivir siempre duele, el énfasis está en lo que hacemos con eso. Una filosofía de este corte es también una askesis, una práctica para la vida, un ejercicio constante que apuesta por el cambio de la realidad. Así vista, la inevitabilidad de la muerte no es condena sino oportunidad de hacer de este corto viaje la mejor aventura de todos los tiempos. Les dije que estaba optimista. ¿Las cosas malas van a dejar de pasar? No, pero concebida la vida de esta manera sí dan ganas de seguir viviendo. Es apostar por una medicina del alma que quiere formar un espíritu independiente, liberado de cualquier atadura que pueda generarle dolor. Pará un poco. Somos humanos y es imposible quitarnos todas las cadenas. Es cierto. Pero sí es posible sacarnos una, la más pesada, la de la muerte. Despojarse de ella implica repensar la vida. Y si para entender la vida hay que entender la muerte y la muerte es imposible de entender, capaz que la vida también lo sea. Tal vez lo único que nos queda es dejar de intentar comprender el absoluto y guiarnos por el placer del mero existir. No elegimos venir al mundo, ¿qué otra cosa resta por hacer una vez en él más que perseguir la libertad?

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