Después de sucedido aquello que mi madre y mi padre, o quizás todas las madres y todos los padres del mundo, hubieran catalogado como una mala noticia, me dirigí sin avisarles hacia casa. Tomé el camino más largo, que no suelo tomar. El miedo a que sus opiniones tomaran una existencia real más allá de la que siempre perturba mi cabeza, me hizo desviarme varias veces. Pensé de antemano que este intento de escapatoria estaba destinado al fracaso puesto que yo siempre odié la ciudad. A su veloz actividad nada le importaba que yo no quisiera oír a mis padres dado que igualmente todos los ciudadanos que se movían a mi alrededor parecían, con sus imparables y obstinados movimientos, dictarme sentencia cada minuto. Cuando yo no tenía la edad suficiente para entender el propósito de los actos humanos, el comportamiento de los adultos me resultaba del todo extraño. Aún recuerdo mi confusión (que guardaba tristeza), el día en que mi padre hubo de cancelar nuestro viaje en coche al planetario en ...
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